Ajo
clásicoCarne delgada, cocción rápida, así que el ajo va al final o se quema negro.
Lleva el nombre de un olor que solo tiene a medias. Frito bien fuerte queda fibroso y rechina como el calamar.
Carne delgada, cocción rápida, así que el ajo va al final o se quema negro.
La grasa se pega a los bordes ondulados y los lleva de blandos a crocantes.
Un chorrito al final, directo sobre la sartén caliente, para que se caramelice.
El hongo es discreto. La grasa de chile le da dónde esconderse.
Amargor verde sobre un hongo que no tiene ninguno propio.
El ácido adelanta la tenue nota a marisco antes de que desaparezca.
Desglasa rápido; los sombreros no retienen agua y la sartén se seca pronto.
El sombrero produce anisaldehído, el bulbo anetol. El anís del hongo deja de ser casualidad.
El mismo truco que el hinojo, con más perfume y menos crocancia.
Una pizca, tostada, confirma la nota que el hongo solo insinúa.
Le pidió prestado el nombre. Pídele prestada la salmuera de vuelta y el chiste cierra.
El alga aporta el yodo que el hongo solo insinúa.
El safranal y las cetonas del hongo se vuelven ambos a heno. Cocínalos en la misma grasa.
Enebro, anís, semilla de cilantro. Desglasa con ella y los botánicos aterrizan.