Leche
comúnCasi no hay tanino que unir, así que la leche lo convierte en postre en vez de té.
Sin cafeína, sin tanino, sin disculpa. Dulce, polvoso, y tercamente originario de un solo valle de El Cabo.
Casi no hay tanino que unir, así que la leche lo convierte en postre en vez de té.
El arbusto ya suelta aldehídos amielados. El frasco solo sube el volumen.
El rooibos lleva guayacol y vainillina reales. La vaina confirma un rumor.
Llega ya medio dulce, así que un poco rinde más que en cualquier té negro.
Corteza cálida contra dulzor amaderado; no hay nada amargo en la taza que estorbe.
La grasa y el azúcar mantienen abajo la nota polvorienta, donde se lee como caramelo y no como heno.
El aceite de cáscara aporta la nota de cabeza que este té nunca tuvo. Es todo base.
Lactona de fruta seca en ambos lados. Escalfa la fruta y el té desaparece dentro de ella.
Dos cosas que saben a sol concentrado. No hay ácido por ningún lado, y ahí está el riesgo.
El cacao aporta el amargor que el té se niega a llevar a su propia fiesta.
Ahuma sobre las hojas usadas; el dulzor cae en la grasa en vez de en la carne.
Tierra sobre tierra, pero el té es lo bastante dulce para evitar que la raíz se sienta plana.
La vainillina del barril y la del arbusto son la misma molécula desde dos continentes.
Los sólidos lácteos tostados y el heno polvoriento comparten la misma furanona de fruto seco. Infusiónalo tibio.